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Reflexiones sobre la trascendencia

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Trascender (de trans, más allá, y scando, escalar)

¿Qué es la trascendencia?

¿Es importante la trascendencia?

¿La trascendencia es felicidad?

¿La trascendencia es inmortalidad?

¿Cuál es el beneficio de trascender?

¿Hay placer en trascender?

Las personas trascendemos nuestra muerte en la idea romántica de existir en la memoria de las personas cercanas, en nuestras obras y creaciones, y en la actualidad en nuestra existencia digital. Pero que tanto de esa “información” que queda después de la muerte nos representa íntimamente, sólo queda una imagen modificada y tonificada en la memoria de los vivos y de sus interpretaciones. Qué sentido entonces tiene trascender, si vamos a deteriorarnos en el deficiente sistema de memorias y percepciones de nuestra gente.

¿Esa trascendencia será una falacia?, seguro no debe ser la única manera de trascender.

 

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No era poliamor sólo soy un hedonista

magia nera magritt

 

En los últimos meses he estado buscando algunas respuestas, motivado principalmente por mis decepciones con la manera en que experimenté las vivencias del poliamor. Eso me inclinó a considerar que esta teoría del poliamor posiblemente es otra utopía más.

Un hedonista, sin pretender ser un experto en el tema, es alguien que busca el placer y que rechaza el sufrimiento (no necesariamente el dolor). Cuando hablamos de poliamor no niego que la experiencia nos abre la posibilidad a múltiples fuentes de placer, y placer en todos los sentidos. Conocer a una nueva persona y vincularte con ella en cualquier dimensión es placentero, más placentero cuando es de manera abierta y en consenso con otras personas vinculadas a ti. Incluso, ese acuerdo de honestidad parece el boleto para cortar todo el sufrimiento de hacerlo clandestinamente. Es la forma de vivir más placer en un espacio ético.

Pero, cualquiera que haya experimentado en el campo me acompañará en la siguiente conclusión: es más complicado que eso y en varias ocasiones viene lleno de drama y de sufrimiento. Pueden ser los celos, los conflictos o la tensión en torno a los acuerdos, las reglas y un largo etc. Los viejos lobos de mar del poliamor lo aceptan, consideran el sufrimiento como parte del modelo y lo enfrentan dignamente… Pero a mí no me hace sentido sufrir todo este drama en mis relaciones de naturaleza breve (breves porque así lo son cuando son varias). Es más, la vida también es de naturaleza vrebe ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a sufrir en una relación de escasas cuatro horas a la semana?

Regreso a mi punto, soy un hedonista, evito el sufrimiento (displacer) y no creo que haya nada malo en eso. Hay que acotar esta declaración que para algunos sonará petulante. En la actualidad ser hedonista padece del prejuicio de los excesos en el placer y realmente no es así. El hedonismo propone que no se puede tener un placer que genere sufrimientos en otros o en uno mismo, de ahí se desprende toda una ética hedonista; una ética distinta comparada con las que surgen del “amor al prójimo”.

¿Cuál es la formula para las múltiples relaciones sin sufrimiento?

Creo que uno de los problemas está en relacionarnos de manera tradicional, con varias personas al mismo tiempo, pero de la misma manera que en una relación monógama típica: relaciones pesadas, llenas de amor romántico, de expectativas no habladas, de mala comunicación, de promesas imposibles, todo ello segmentado en pequeños lotes de escasas horas que van haciendo la película discontinua, frustrante, marcada por la incomunicación. A mí me pasó que ni siquiera entiendes lo mismo del poliamor aunque uses las mismas fuentes teóricas. Me pasó que me dio pereza discutir las expectativas pensando cada posible escenario. Y, de repente, algo que no platicamos salió muy mal. Tal como se resuelve en el amor tradicional, o llenas mis expectativas o nada. Es la bandera del amor fusional, o te fusionas o nada. ¿Cómo podemos construir una nueva manera de relacionarnos con un viejo modelo de amar? Entonces el problema no es el poliamor, es cómo lo queremos vivir.

En el camino me encontré con el concepto del “eros liviano” del filósofo Michel Onfray, un concepto muy interesante de un hedonista y que parece proponer una visión razonable ante la complejidad de las relaciones múltiples. Lo explico brevemente: el eros liviano considera que dos adultos civilizados van a construir un contrato basado en el placer, un acuerdo basado en el aquí y ahora. Un contrato que tiende a ser simple en su inicio, pues no es ”todo o nada”, es un “nada + más + mucho” (en sus propias palabras) y que su evolución determinará su complejidad. El contrato se asume sin obligación y la fidelidad es al compromiso realizado. En ese contrato no está invitado el amor romántico (*), pero no por no ser de largo plazo deja de estar lleno de sentimientos y de poesía. Finalmente, el contrato debe contener una ética, que de principio sería una ética hedonista (la cual podemos explorar después) pero en definitiva no es un consumo de cuerpos. Es algo bonito, rico, gozoso, cariñoso, cachondo, intelectual, sexual o asexual si lo deseas, pero no es “hasta que la muerte los separe” y menos un “tú me perteneces”.

Dice Michel Onfray :“La construcción de situaciones eróticas livianas define el grado de un arte de amar”, y yo coincido, es un arte. Relaciones cuyo primer acuerdo es vivirlas en el presente, en instantes, enfocadas al placer, abiertas a los sentimientos afectivos y a las apetencias internas, a proyectos conjuntos, que su principio es distanciarse del sufrimiento de la manera más practica posible. Es entonces una relación nómada, viva y en constante cambio, que se arma lentamente. Pero no necesariamente es casual porque los instantes se encadenan para darle una complejidad propia. De ahí supongo que puedes decidir que el placer pueda darse con una o varias personas, o ninguna; el balance placer-displacer determinará la duración de esa relación. Por eso creo que una visión hedonista es mucho mas integradora de modalidades afectivas diversas que incluyen al poliamor como una de tantas posibilidades.

Me quedo con muchas preguntas, más que respuestas. ¿Cómo es en la práctica una relación erótica liviana? ¿Amar livianamente es ético? ¿Estamos hablando de libertinaje? ¿A qué nos referimos con situaciones eróticas? ¿Cuál es el amor romántico que no coincide con el poliamor? ¿Qué es una ética hedonista?

Y sí, perdóname por invitarte a leerme sin resolverte nada, pero podemos seguir experimentando. Te prometo seguir vomitando en el blog lo que pienso al respecto.

@isaidvblog

Referencias:

(*) Amor romántico: El amor romántico y “su unión inextricable de monogamia, exclusividad, celos y fidelidad” como un modelo irrealizable, inventado en Occidente. Margaret Mead, “Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928)”

La teoría sobre hedonismo viene de la influencia de esta pieza profunda y amigable que nos compartió la Bruja Filósofa (https://www.youtube.com/watch?v=JOXEy-MeED0&t=11s)

Onfray, M. (2010 ) La fuerza de existir: Manifiesto hedonista.

El arte de amar cuando el amor es líquido.

Experimento Relacional.

Leal o fiel.

El experimento del “Aquí y el ahora”.

Imagen Magia Nera de Magritte

El amor todo lo puede

Hay en los planteamientos del contramor muy claras descripciones sobre uno de los mitos más delicados del amor romántico: que el amor todo lo puede. Sin querer agraviar esta excelente ilustración de maximilano_amor,  algunas veces me siento incómodo con las imágenes de las personas de avanzada edad que siguen juntas, sugiriendo que siguen ahí unidas, a través de los años, producto de su amor; algunas veces sugieren que ese es el amor real. No seamos tan ingenuos, nadie llega ahí gracias al amor. Empecemos a hablar con la verdad y evitar que las nuevas parejas sigan mal interpretando los alcances del amor. Muchas de estas parejas no necesariamente  fueron felices como resultado de su proyecto de pareja y algunas inclusive jamás alcanzaron la felicidad.

No quiero transmitir que esas parejas no vivieron un enamoramiento y después una evolución de su afectividad, pero permanecer en un proyecto de largo plazo con un compañero requirió un cierto tipo de habilidades, decisiones y seguro una buena colección de renuncias. Ya ni qué decir del esfuerzo si aspiras a que ese proyecto sea saludable y justo. El amor en automático no nos otorga esas habilidades, o esa claridad de decisión. Dichas habilidades y el marco bajo el que decidimos proviene de nuestra educación o de nuestra apertura a aprender nuevos enfoques.

Si logro llegar a ese momento avanzado de edad de la mano de alguien, y me quieren usar de ejemplo sobre las proezas del amor, le voy a dar con el bastón a quien se atreva, porque sí llego ahí fue producto de un esfuerzo de pareja para crecer, para transformar diferencias, para evolucionar en libertad  y para comprometernos, y no exclusivamente del amor (en su dimensión biológica y social), y sí de muchos otros sentimientos. Ahora que si a esa motivación le queremos llamar amor, bueno esa es otra historia, yo no le llamaría amor para no perder en un concepto tan estirado y mal usado todo este complejo proceso de construir un vínculo.

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Amor divino

Cuando pienso en el amor en su dimensión trascendental, en ese nivel de perfección que lo hace omnipresente, omnipotente y omnisciente. Me acuerdo haber adorado a “algo” así en mi infancia cuando fui adiestrado en una religión particular. Los recuerdos que tengo sobre cómo manejamos nuestros conceptos abstractos y divinos, me hacen cuestionarme si yo quiero pensar en el amor desde esa perspectiva. Aquí, evidentemente estamos hablando de algo más que el amor romántico, la amistad e inclusive de la experiencia biológica y hormonal de los sentimientos.

Recuerdo de niño y parte de mi adolescencia que me encontraba con esta figura divina en su centro de adoración y hablábamos de sus características, inclusive de su amor en proporciones divinas similares a su naturaleza.  Pero afuera del centro de adoración, yo olvidaba todo esto y me comportaba como social y culturalmente aprendí a comportarme – como un idiota-. Yo creo que eso nos sucede a todos los que le damos divinidad al amor, nos gusta pensarlo así, pero eso se queda ahí en algún punto de nuestra mente y en nuestra vida cotidiana nos comportamos muy diferente.

Poner al amor en un alto estándar nos puede enajenar de este, puede abrir una brecha tan amplia que desanima inconscientemente a cruzarla. Y también, como en la religión, hay charlatanes que usando un concepto tan ambiguo y abstracto justifican tremendas atrocidades en nombre del amor. Es que si el amor es único, también se distancia de otros valores como la honestidad.

No critico a los que quieren dejar el amor en ese estándar, pero creo que para llegar ahí, el camino no es seguir construyendo un concepto abstracto, el camino creo que debe ser más pragmático aceptando nuestra realidad biológica, la complejidad de nuestras emociones, y por supuesto nuestra propia imperfección. Sin dejar los valores de lado (para seguir haciendo juicios éticos) el camino, considero, es el de la empatía. El esfuerzo diario por entender a los demás y a uno mismo, es el camino práctico para vivir amor en abundancia.

Amor Libre

Todos buscamos la libertad, hoy parece ser el emblema de las búsquedas personales. En esa búsqueda, en la que cuestionas todo lo que no te permite ser “libre”, fue que me encontré el concepto de “amor libre”, de la mano de nuevos modelos de relaciones afectivas. Ya  el concepto “amor libre” suena poderoso e intuitivo. En seguida me identifiqué como un activista del amor en su expresión más libre (según yo), para que después de varios experimentos y frustraciones, me pusiera a reflexionar: ¿Qué significa el amor libre? Inclusive un paso antes ¿Qué es libertad y por qué hablamos de amor libre?

La libertad puede verse como la capacidad de trazar la ruta de la propia vida (una definición con la que me acabo de topar desde el punto de vista filosófico). El “amor libre” según Wikipedia, es un movimiento social que rechaza el matrimonio, que es visto como una forma de esclavitud social. Para el sitio Amor Libre Argentina, es una forma de relacionarse sexoafectivamente de manera honesta y consensuada en la que no se presupone la propiedad de las personas, en ningún aspecto.

Voy a entonces rescatar al concepto de “amor libre” como una posibilidad en la manera de relacionarlos sexoafectivamente y de la libertad destaco la propiedad de autodeterminarnos. El amor libre sería entonces ese tipo de relación que goza de la posibilidad de ser autodeterminada por sus integrantes, que son sus integrantes quienes definen la estructura de la relación.

También están las otras posibilidades interpretativas del amor libre como las relaciones de tipo casual, las orientadas solamente al placer sexual, los modelos tradicionales, las que facultan modelos de dominancia, las que formalizan estructuras distintas a la monogamia (poligamia), las que inclusive se distancian del sexo como vinculo.  Todas estas posibilidades podrían caber en el concepto que propongo, sólo si los integrantes están en uso pleno de su libertad y con todos los elementos para tomar su decisión (es decir sin engaño) y acuerdan que ese es el modelo que quieren de relación.

Hasta aquí suena razonable, sin embargo, hay una situación que en la realidad no encaja. La complejidad de las relaciones emerge en un sinfín de combinaciones y los participantes en ellas enfrentan complicaciones. A pesar de la grandeza del concepto de amor y el de libertad, hay que ser realistas y reconocer que siempre vamos a experimentar una libertad acotada. Según el filósofo Joseph Gevaert nuestra libertad siempre se verá condicionada, por ejemplo a la libertad de los demás, al tiempo (no podemos hacer todo al mismo tiempo), a nuestra situación física (por ejemplo la salud), a nuestros otros compromisos adquiridos libremente.

Por último, la libertad exige que al tomar las riendas de nuestro actuar, respondamos a las consecuencias de nuestros actos, y si no queremos; responderemos a las consecuencias de no hacernos responsables. De manera que los participantes del amor libre tendrán que autodeterminar su relación en un espacio realista de “libertad” y asumiendo la responsabilidad de esta relación. Seguramente podemos anticipar que surgirán una serie de acuerdos, o mejor aún, un código ético basado en propiciar la libertad de sus integrantes, los beneficios de la relación y agregaría los cuidados de la relación y de ellos como personas ( una ética de la relación).

El amor libre ya no parece ese espacio en el que mi voluntad se cumple, ese sueño infantil donde hago lo que quiero, al contrario, el amor libre parece reclamarnos madurez, incluso más que los modelos tradicionales.  Construir acuerdos, respetar valores, abrazar una ética, comunicarnos son sólo algunas de las cosas que me imagino implican el amor libre, desde la perspectiva de responsabilidad.

Experimento Relacional

Podemos plantear a dónde vamos, a dónde queremos llegar, podemos inventar la utopía perfecta, pero no podemos asumir que llegar ahí es tan sencillo como el uso virtuoso de nuestro ser racional. Llegar ahí significa arrastrar nuestro ser carnal lleno de dolencias, hormonas propias y sintéticas, químicos, apetencias e inapetencias biológicas. Llegar ahí significa seguir estirando nuestro ser emocional, que se rompe, se atora y se desgarra. Tal vez pienses que ya llegaste y evites mirar atrás, para ver que sigues arrastrando una enorme cantidad de ti, que se quedó atorada en el camino.

A veces pienso eso de la utopía del amor romántico y también del no-romántico, lo hablamos en un presuntuoso ánimo de certeza, mientras detrás de nosotros, dejamos tirados cachos de cuerpo en forma de expectativas ridículas, inseguridades, miedos e impotencias. Está bien que ahí anden regados, el problema es que cuelgan de nosotros en cuerdas de apego que nos retuercen el andar.

Estaría bien aceptar que no sabemos nada, que tampoco sabemos cómo llegar a donde queremos estar, mejor aún que no estamos del todo seguros de lo que queremos; por tal motivo estamos en la penosa necesidad de experimentar, porque hemos visto que nuestro cerebro aprende mejor así. Yo estoy pidiendo mucho, primero a renunciar a esa intuición o instructivo social que nos guía en el proceso de interactuar con nuestra relación afectiva, y en segunda, a vivir el resultado incierto de lo que pase en el experimento relacional con un enfoque de aprendizaje. ¿Estoy proponiendo otra utopía relacional?

En lugar de lanzar una promesa de amor romántico de toda la vida juntos o una promesa de contramor llena de afectividad sensata… Lánzale una hipótesis de cómo podrían disfrutar y disfrutarse; comprueba con el experimento; falla y corrige. La propuesta es tan vaga como mi mente en este momento, pero me saca una buena sonrisa el pensar en mi próxima propuesta:

“Ven, vamos a experimentar juntos, te prometo que serás parte de una hipótesis de lo que buscamos para ser felices, te prometo intentar comprobarlo a tu lado y tener las reflexiones más profundas de los resultados”

Irónicamente eso que escribí suena romántico..

Leal o fiel

Hace unos días me encontré con un artículo que hablaba sobre la lealtad, específicamente la lealtad entre individuos que se relacionan de alguna manera sexo-afectiva o íntima. El artículo no me encantó; con el formato típico de las 6 características de alguien leal, se pasó insistiendo en la honestidad y la fidelidad como elementos de la lealtad. No culpo al artículo, de hecho la lealtad se suele definir como una virtud o un cumplimiento de las exigencias de las leyes de la fidelidad y las del honor (Wikipedia). Me parece una definición desafortunada, no cabe duda que las leyes de la fidelidad y del honor son construcciones sociales, por eso el desencanto con la lealtad, de repente estas leyes sirven a nacionalismos, al capitalismo, a la doctrina religiosa, al machismo, o a la brutal inseguridad de alguien que se ve en la necesidad de hacer reglas,  se me ocurren un sinfín de tendencias sociales y personales que influyen en temas de fidelidad y honor, inclusive etimológicamente la palabra se relacionaba con el servicio al monarca.

Yo traigo la comezón del tema de la lealtad después de ese brillante diálogo de aquella comedia suavecita pero divertida “La vida inmoral de la pareja ideal” donde alguno de esos personajes subversivos declara “yo no soy fiel, soy leal” (si recuerdo correctamente).  Parece contextualmente incorrecto dada la cercanía de ambos conceptos, pero a mí me resulto una puerta a la reflexión.

Josiah Royce, a quien de momento identifico como uno de los pocos filósofos en replantear el concepto de lealtad en su obra “La filosofía de la lealtad” agrega otro enfoque, usa las palabras compromiso o devoción a una causa externa e intuye que la lealtad es social. Seguro podremos discutir que causas son las que crean lealtad, que tipo de compromiso, pero de momento me sirve mucho poner una distancia entre lealtad y fidelidad.

La lealtad no parece subordinarse al acuerdo social o inclusive, las reglas de fantasía mental de tu pareja o afecto, uno escoge libremente la causa a la que se compromete. Si la lealtad es a la relación, si mi causa es propiamente la relación, ya que en esta visualizo el Bien, entonces mi compromiso es con la salud emocional, con la intimidad, con la calidad afectiva, la libertad, el amor de la persona con la que me relaciono. Las reglas quedan al margen, el compromiso que acabo de mencionar está kilómetros arriba del tipo de acuerdos que hacemos a la ligera en forma de sacramentos o documentos gubernamentales.  Utópicamente, en un mundo de personas leales no existiría la infidelidad, en lugar de eso tendríamos una gran cantidad de compromisos diversos y personas satisfechas persiguiendo sus causas afectivas.

Pero las nostalgias están llenas de utopías, tan sólo me gustaría insistir que si la lealtad es hoy la devoción que siento por mis relaciones, considérenme también alguien terriblemente infiel pero leal.