Experimento Relacional

Podemos plantear a dónde vamos, a dónde queremos llegar, podemos inventar la utopía perfecta, pero no podemos asumir que llegar ahí es tan sencillo como el uso virtuoso de nuestro ser racional. Llegar ahí significa arrastrar nuestro ser carnal lleno de dolencias, hormonas propias y sintéticas, químicos, apetencias e inapetencias biológicas. Llegar ahí significa seguir estirando nuestro ser emocional, que se rompe, se atora y se desgarra. Tal vez pienses que ya llegaste y evites mirar atrás, para ver que sigues arrastrando una enorme cantidad de ti, que se quedó atorada en el camino.

A veces pienso eso de la utopía del amor romántico y también del no-romántico, lo hablamos en un presuntuoso ánimo de certeza, mientras detrás de nosotros, dejamos tirados cachos de cuerpo en forma de expectativas ridículas, inseguridades, miedos e impotencias. Está bien que ahí anden regados, el problema es que cuelgan de nosotros en cuerdas de apego que nos retuercen el andar.

Estaría bien aceptar que no sabemos nada, que tampoco sabemos cómo llegar a donde queremos estar, mejor aún que no estamos del todo seguros de lo que queremos; por tal motivo estamos en la penosa necesidad de experimentar, porque hemos visto que nuestro cerebro aprende mejor así. Yo estoy pidiendo mucho, primero a renunciar a esa intuición o instructivo social que nos guía en el proceso de interactuar con nuestra relación afectiva, y en segunda, a vivir el resultado incierto de lo que pase en el experimento relacional con un enfoque de aprendizaje. ¿Estoy proponiendo otra utopía relacional?

En lugar de lanzar una promesa de amor romántico de toda la vida juntos o una promesa de contramor llena de afectividad sensata… Lánzale una hipótesis de cómo podrían disfrutar y disfrutarse; comprueba con el experimento; falla y corrige. La propuesta es tan vaga como mi mente en este momento, pero me saca una buena sonrisa el pensar en mi próxima propuesta:

“Ven, vamos a experimentar juntos, te prometo que serás parte de una hipótesis de lo que buscamos para ser felices, te prometo intentar comprobarlo a tu lado y tener las reflexiones más profundas de los resultados”

Irónicamente eso que escribí suena romántico..

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El amor eterno

Estaba viendo de nuevo la pelicula “Only Lovers left alive” de Jim Jaramusch que me puso a recordar un tema que ronda por mi mente. Hay mucho que concluir de esta película, pero mi tema favorito es la de los amantes a través del tiempo, los vampiros son el pretexto para especular como se comportan los amantes eternos.

La primera vez que leí sobre el amor eterno fue de Octavio Paz, no es el primero que plantea la idea, pero Paz decía que es el amor el que nos hace sentir eternos, nos trasciende de la muerte y eso es lo que lo hace especial. De manera mas simple podemos pensar que en el amor nos olvidamos de la muerte, y en nuestro amado nos hacemos superiores y eternos. “Todos quieren perpetuarse” dice Diotima en los escritos de Platón. La aspiración a la inmortalidad es un rasgo que une y define a los hombres.

De cierta manera somos criaturas de vida breve y de asipiraciones inmortales, todo un drama. Vivimos el amor negándonos ante la posibilidad de que nuestro tiempo acabe, pero nos anticipamos a terminar el amor; una especie de pelea interna donde el amor nos inmortaliza y nosotros hacemos al amor mortal.

Ante la incompatibilidad se me ocurren sólo dos maneras de compatibilizar la situación; nosotros podemos, por lo menos, comportarnos inmortales ante el amor o volvemos el amor breve y vulnerable a nuestra imagen, la última opción supongo es la más común, el amor líquido.

No estoy siendo poco realista o exageradamente romántico, pero justo como los vampiros de Jim Jarmusch, no se toman la pasión con prisa y viven el amor a través de siglos permitiendo que el sentimiento se transmute. Saben que el amor no se acabará de manera que no se anticipan a matarlo, el simple hecho de quitar el miedo al fin, haría nuestras relaciones inmortales. Me atrevo a decir que el amor no se va a terminar simplemente se transforma.

El experimento del “Aquí y el ahora”

Hace algún tiempo hice este experimento de manera consciente en una relación muy importante para mí, las condiciones eran inciertas sobre el futuro y las lecciones duras respecto a la imposibilidad de planear y de que el futuro se mostrara amable. Casi como un mantra nos repetíamos en la mente: sólo el “aquí y ahora” nos rige en este momento, mañana puedes irte, esfumarte o peor aún escoger ya no estar aquí. El hecho de haber escogido “estar ahí” el uno con el otro era fuente de satisfacción infinita, invitaba entonces a sacar lo mejor de las siguientes horas que íbamos a pasar juntos, fijaba la emoción, te ponía en un sentido de agradecimiento y mataba la trivialización del momento. El experimento fue exitoso, la mayor parte del tiempo.

Todavía no puedo tener más conclusiones, salvo que el proceso del “aquí y ahora” requiere mucha disciplina mental, me recuerda los arduos ejercicios de meditación que un budista realiza para tener unos minutos de iluminación, también es necesario un fuerte encuentro con la muerte (directo o indirecto) para fortalecer la perspectiva, los budistas también meditan mucho respecto a la muerte. Evidentemente el sistema no favorece este enfoque, puede verse como una actitud irresponsable, no armoniza en un modelo de consumo-transacción: hoy yo te dí mucho, mañana tú me tienes que dar (confiados a que hay un mañana), mucho menos en el modelo tradicional monógamo donde un papel asegura que todos los días te despiertas a mi lado y que cuento con que paguemos las cuentas de la hipoteca de muchas décadas.

Nuestro ego nos domina y nos recuerda que somos inmortales, no hay porque asumir que no hay un mañana, después de todo planear el futuro con alguien genera esta fantasía de continuidad, control y posesión (del tiempo y de tu pareja), la aspirina perfecta contra nuestros miedos.

Dejo una reflexión última sin una conclusión definitiva: “Vivir un momento en la relación con alguien enfocados en el aquí y el ahora se siente tan real, tan completo, tan especial que ningún plan de un futuro juntos podría lograr”.  Tal vez el arte de amar debería de tener un componente donde se valore el “aquí y el ahora”.

El arte de amar cuando el amor es líquido – Introducción

Parafraseando a Erich Fromm  nos dice que no hay una actividad o proyecto que se inicie con una cantidad tremenda de esperanzas y expectativas, y que al final falle de manera tan regular como es el amor. Estoy totalmente de acuerdo que si alguien o algunos te invitaran a un proyecto que te emociona brutalmente pero te advirtieran que hay una alta posibilidad de que terminara mal, ¿Tú te animarías a participar?

Cuando decimos que la vida es un arte, asumimos que no hay a la mano un manual para decirnos cómo vivir. No es que la dimensión académica del arte no exista, hay toda una estructura magisterial para enseñar el arte, sin embargo, estudiar no es garantía de dominar un arte. Fromm está seguro que amar también es un arte; con cierta teoría y práctica que nos negamos a aprender, ¿Por qué si fallamos tanto en el amor, dedicamos muy poca energía a aprender de este? Una pregunta franca si revisamos en nuestra moderna vida en dónde se te van las horas, no creo que salga en las primeras diez actividades: “Estoy aprendiendo a amar”.

Yo creo que no sólo no le dedicamos un tiempo a aprender, tampoco dedicamos el tiempo necesario a desaprender toda la exótica educación que nos programan respecto al “amor romántico”, me intriga que socialmente nos adiestran en el amor romántico (la falacia del siglo) y nos bombardean con “las delicias del sexo” entre relaciones de enfoque de consumo (Consumo lo que traes y lo desecho cuando acabe). Es una especie de polarización de dos extremos que nos hacen girar del amor romántico fallido al consumo de cuerpos y de la frialdad del encuentro casual a la arropada sensación de una relación “seria” de largo plazo. Ciegos buscando respuestas que están adentro, cuando Fromm habla de aprender, lo hace también pensando hacia dentro.

Zygmunt Bauman mira el proceso y reta la idea de pensar que podemos aprender algo del amor, la adquisición de destrezas funciona bien en un entorno estable, donde la repetición genera hábitos que nos preparan para el paso a la práctica; pero el amor es justamente un entorno muy variable, llegar con hábitos creados de las experiencias anteriores podría ser inclusive contraproducente. Esa visión desesperanzadora admite que el amor nos hace rehenes, la mezcla de gozo y miedo, la incertidumbre y su precariedad.

Se puede aprender a amar o no; sigue siendo la cuestión a discutir, en todo caso la pregunta a explorar podría ser ¿Qué es amar?