Experimento Relacional

Podemos plantear a dónde vamos, a dónde queremos llegar, podemos inventar la utopía perfecta, pero no podemos asumir que llegar ahí es tan sencillo como el uso virtuoso de nuestro ser racional. Llegar ahí significa arrastrar nuestro ser carnal lleno de dolencias, hormonas propias y sintéticas, químicos, apetencias e inapetencias biológicas. Llegar ahí significa seguir estirando nuestro ser emocional, que se rompe, se atora y se desgarra. Tal vez pienses que ya llegaste y evites mirar atrás, para ver que sigues arrastrando una enorme cantidad de ti, que se quedó atorada en el camino.

A veces pienso eso de la utopía del amor romántico y también del no-romántico, lo hablamos en un presuntuoso ánimo de certeza, mientras detrás de nosotros, dejamos tirados cachos de cuerpo en forma de expectativas ridículas, inseguridades, miedos e impotencias. Está bien que ahí anden regados, el problema es que cuelgan de nosotros en cuerdas de apego que nos retuercen el andar.

Estaría bien aceptar que no sabemos nada, que tampoco sabemos cómo llegar a donde queremos estar, mejor aún que no estamos del todo seguros de lo que queremos; por tal motivo estamos en la penosa necesidad de experimentar, porque hemos visto que nuestro cerebro aprende mejor así. Yo estoy pidiendo mucho, primero a renunciar a esa intuición o instructivo social que nos guía en el proceso de interactuar con nuestra relación afectiva, y en segunda, a vivir el resultado incierto de lo que pase en el experimento relacional con un enfoque de aprendizaje. ¿Estoy proponiendo otra utopía relacional?

En lugar de lanzar una promesa de amor romántico de toda la vida juntos o una promesa de contramor llena de afectividad sensata… Lánzale una hipótesis de cómo podrían disfrutar y disfrutarse; comprueba con el experimento; falla y corrige. La propuesta es tan vaga como mi mente en este momento, pero me saca una buena sonrisa el pensar en mi próxima propuesta:

“Ven, vamos a experimentar juntos, te prometo que serás parte de una hipótesis de lo que buscamos para ser felices, te prometo intentar comprobarlo a tu lado y tener las reflexiones más profundas de los resultados”

Irónicamente eso que escribí suena romántico..

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El experimento del “Aquí y el ahora”

Hace algún tiempo hice este experimento de manera consciente en una relación muy importante para mí, las condiciones eran inciertas sobre el futuro y las lecciones duras respecto a la imposibilidad de planear y de que el futuro se mostrara amable. Casi como un mantra nos repetíamos en la mente: sólo el “aquí y ahora” nos rige en este momento, mañana puedes irte, esfumarte o peor aún escoger ya no estar aquí. El hecho de haber escogido “estar ahí” el uno con el otro era fuente de satisfacción infinita, invitaba entonces a sacar lo mejor de las siguientes horas que íbamos a pasar juntos, fijaba la emoción, te ponía en un sentido de agradecimiento y mataba la trivialización del momento. El experimento fue exitoso, la mayor parte del tiempo.

Todavía no puedo tener más conclusiones, salvo que el proceso del “aquí y ahora” requiere mucha disciplina mental, me recuerda los arduos ejercicios de meditación que un budista realiza para tener unos minutos de iluminación, también es necesario un fuerte encuentro con la muerte (directo o indirecto) para fortalecer la perspectiva, los budistas también meditan mucho respecto a la muerte. Evidentemente el sistema no favorece este enfoque, puede verse como una actitud irresponsable, no armoniza en un modelo de consumo-transacción: hoy yo te dí mucho, mañana tú me tienes que dar (confiados a que hay un mañana), mucho menos en el modelo tradicional monógamo donde un papel asegura que todos los días te despiertas a mi lado y que cuento con que paguemos las cuentas de la hipoteca de muchas décadas.

Nuestro ego nos domina y nos recuerda que somos inmortales, no hay porque asumir que no hay un mañana, después de todo planear el futuro con alguien genera esta fantasía de continuidad, control y posesión (del tiempo y de tu pareja), la aspirina perfecta contra nuestros miedos.

Dejo una reflexión última sin una conclusión definitiva: “Vivir un momento en la relación con alguien enfocados en el aquí y el ahora se siente tan real, tan completo, tan especial que ningún plan de un futuro juntos podría lograr”.  Tal vez el arte de amar debería de tener un componente donde se valore el “aquí y el ahora”.

Conversaciones más íntimas

Hace poco me tope con la discusión del “Small Talk”, como los americanos llaman a esa conversación de cosas triviales o superficiales que iniciamos cuando conocemos a alguien o con algunos conocidos. Yo como Introvertido aborrezco las conversaciones triviales desde hace mucho tiempo, horas sentado en una mesa hablando de temas chiquitos sin el gusto de aprender algo o de conocer mejor a alguien, es un desperdicio de tiempo. Sin embargo, soy un experto de la conversación trivial y tengo la sensación que últimamente la charla trivial domina nuestras interacciones.

Ayer escuchaba a Alessia Di Bari (@SexologaDiBari) hacer una pregunta atrevida ¿Cuándo fue la última vez que tuviste un magnífico orgasmo? Y en el mismo orden de ideas yo me pregunto ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una plática profunda?.

La discusión sobre el “small talk” propone un reto interesante, simplemente dejar de tenerla, pero si no hablamos de ligerezas como el tráfico, ¿Estaremos listos para construir activamente una conversación íntima?, mejor aún, una conversación íntima sin pretenciones sexuales donde el premio no es el orgasmo sino el alma.

Seducir a tu compañero(a)(x) a una conversación donde el tiempo se diluye, las almas se desnudan, las defensas se caen y la satisfacción del encuentro se multiplica. Tomando en cuenta la brevedad de la vida y en contra de la ya muy simple interaccion que vivimos con los medios digitales,me suena a una rebeldía.

En un experimento dirigido por el sicólogo Arthur Aron se apostaba a que 36 preguntas podían crear un estado de intimidad entre dos extraños. ¿Cuál podría ser la pregunta más íntima que pudieramos hacer?